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Hierbas aromáticas y guiso de conejo (Las dos torres)

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UNA-VENTANA-AL-OESTE-LAS-DOS-TORRES

Resumen

Durante las últimas horas de luz, Frodo, Sam y Gollum descansaron en un hueco del valle, desplazándose con la sombra hasta que cayó la noche. Comieron un poco y bebieron unos sorbos. Gollum no quiso comer, pero aceptó el agua de buena gana y se llevó las manos al vientre encogido, con una débil luz verde en los ojos.

Cuando oscureció del todo, se pusieron en marcha deslizándose por la pared del valle como fantasmas. Aunque era noche de luna llena, la luna no apareció hasta pasada la medianoche, y la oscuridad inicial era casi total. Solo una luz roja encendida en las Torres de los Dientes indicaba la vigilancia del Morannon. Durante muchas millas avanzaron entre piedras y terreno yermo, sintiendo la presencia constante del Ojo. No se atrevieron a caminar por el camino, pero lo siguieron a cierta distancia por la izquierda. Finalmente, cuando el cansancio los vencía, el Ojo desapareció en la lejanía: habían bordeado el extremo septentrional de las montañas y se dirigían al sur.

Descansaron brevemente. Gollum insistía en que debían recorrer cerca de treinta leguas en cuatro jornadas, por lo que reanudaron pronto la marcha hasta el amanecer. Habían caminado unas ocho leguas y los hobbits no podían avanzar más. La luz creciente reveló una tierra menos yerma, con colinas cubiertas de árboles oscuros, arbustos espinosos y altos pinos. El aire era fresco y fragante, y les trajo el recuerdo de las tierras altas de la Cuaderna del Norte. Aunque sabían que seguían bajo amenaza y cerca del Morannon, buscaron un lugar donde ocultarse durante el día.

Pasaron el día ocultos entre los brezos, bajo la sombra del Ephel Dúath. Frodo dormía en paz, quizá por confianza en Gollum o por puro agotamiento. Sam, sin embargo, apenas pudo dormir. El hambre le mantenía despierto, y pensaba en una buena comida caliente. Cuando anocheció reanudaron la marcha, y esta vez Gollum los guió hasta el camino del sur, por donde avanzaron con mayor rapidez aunque con más peligro. El camino, construido por los Hombres en tiempos antiguos, había sido reparado bajo el Morannon, pero al sur se volvía más salvaje. Aún era recto y sólido, aunque la vegetación había invadido las orillas. Las huellas del pasado eran visibles en columnas rotas y adoquines desgastados. Ithilien comenzaba a rodearlos.

A la luz de la luna, Ithilien se reveló como una región hermosa de colinas, bosques y aguas rápidas. El aire parecía más fragante a medida que avanzaban. Al amanecer, llegaron al borde de una garganta profunda y escalaron la cuesta. Desde la cima vieron cómo las montañas se alejaban hacia el este y cómo ante ellos se extendían lomas cubiertas de vegetación exuberante. El clima había cambiado: aquí la primavera ya había llegado. Crecían laureles, olivos, enebros, tomillo, salvias, mejorana, lirios, y una multitud de hierbas que escapaban al conocimiento de Sam. Ithilien, el jardín de Gondor, conservaba aún su belleza, a pesar de la ruina.

Siguieron un arroyo hasta una laguna clara, rodeada por los restos de una antigua represa. El agua era profunda y fresca, y brotaba por encima del borde de piedra. Se lavaron, bebieron, y buscaron un lugar donde esconderse. Aunque el lugar era hermoso, los signos del Enemigo seguían presentes: runas siniestras en la corteza de los árboles, fosas llenas de basura, árboles arrancados y cicatrices de guerras pasadas. Sam descubrió un círculo de tierra quemada con huesos carbonizados en el centro, prueba reciente de una matanza, pero no dijo nada a sus compañeros.

Buscaron refugio en una loma cubierta de laureles y helechos secos. Sam, mientras pensaba en la comida, recordó que les quedaba pan de los elfos solo para tres semanas. Reflexionó sobre su deseo de cocinar algo caliente y le pidió a Gollum que cazara comida. Gollum accedió, murmurando que Sméagol siempre ayuda si se lo piden amablemente. Mientras Gollum desaparecía, Frodo durmió profundamente, y Sam lo observó con ternura, recordando su rostro dormido en Rivendel. Una luz tenue parecía brillar en él, como si algo interior lo iluminara.

Gollum regresó con dos conejos. Sam, buen cocinero incluso entre los hobbits, comenzó a prepararlos. Afiló su cuchillo, aderezó la carne y pidió a Gollum que trajera agua. Luego encendió una hoguera con turba, helechos y ramas caídas, cuidando que no hiciera humo. Gollum regresó con las cazuelas llenas y al ver el fuego estalló en cólera, aterrado por el peligro. Sam insistió en cocinar los conejos. Gollum se lamentó, considerando arruinada su caza. Sam le recordó que si se los daba, eran suyos para prepararlos como quisiera.

Gollum se alejó refunfuñando. Sam pensó que lo ideal serían algunas hierbas. Aunque Gollum se negó a buscarlas, Sam logró encontrar lo necesario cerca del campamento. Preparó el guiso, y lo dejó hervir durante casi una hora mientras vigilaba el fuego. Al terminar, despertó a Frodo y le ofreció el caldo. Frodo bostezó y aceptó con gratitud. Comieron sentados sobre el helechal, compartiendo las cazuelas y un poco de pan élfico. Fue un festín.

Sam llamó a Gollum por si quería probar el guiso, pero no obtuvo respuesta. Mientras Frodo descansaba, Sam expresó sus dudas sobre la fiabilidad de Sméagol, sintiendo que el Gollum malvado recuperaba fuerzas. Al terminar, bajó al arroyo a lavar los cacharros. Al incorporarse, vio una espiral de humo azulada ascendiendo desde el matorral: había olvidado apagar bien el fuego.

Apagó los rescoldos con rapidez, pero mientras lo hacía, le pareció oír un silbido, luego otro en distinta dirección. Volvió junto a Frodo, que también había escuchado voces. Se ocultaron entre los helechos, listos para huir. Pronto oyeron pasos y voces cercanas. Cuatro hombres armados y vestidos de verde irrumpieron en el claro, sorprendidos de encontrar hobbits en vez de orcos. Se trataba de exploradores de Gondor, y su capitán, Faramir, interrogó a Frodo. Este reveló su nombre y el de Sam, y explicó que venían de Rivendel con una misión. Nombró a Boromir, y los hombres se estremecieron al oír su nombre.

Faramir se mostró sorprendido y conmovido. Confirmó que Boromir era su hermano y Capitán General de Gondor. Aún así, no se fiaba de extraños en aquellas tierras. Ordenó que dos hombres custodiaran a los hobbits mientras él se alejaba a cumplir una misión. Frodo se despidió con cortesía, y Faramir reconoció la nobleza de los Medianos.

Los hombres que quedaron, Mablung y Damrod, eran montaraces de Ithilien. Explicaron que se habían infiltrado en el territorio enemigo para hostigar a los hombres de Harad. Relataron cómo antaño hubo tratos con Harad, pero nunca amistad, y que ahora estos pueblos se habían sometido al Enemigo. Faramir había organizado una emboscada para detener a una columna de sureños que avanzaba por el antiguo camino de Gondor.

Sam, curioso, espió desde un laurel. Vio a los montaraces emboscar a los enemigos. Algunos hombres de Harad huyeron, perseguidos por los hombres de Gondor. Uno de ellos cayó muerto cerca del escondite de los hobbits. Sam, conmocionado, pensó en su vida pasada, preguntándose si aquel hombre había sido realmente malvado o simplemente arrastrado por el destino.

Entonces estalló un nuevo estrépito. De la espesura emergió un ser gigantesco: un mûmak de Harad. Era una bestia enorme, con patas como árboles, trompa erguida, colmillos envueltos en bandas de oro y arreos de púrpura. Corrió como una montaña viviente, estremeciendo la tierra, y arrasó el bosque en una carrera furiosa, sin que las flechas pudieran detenerla.

Sam, aterrorizado y maravillado, comprendió que había visto un olifante, algo que nunca creyó real. Respiró hondo y, exhausto, se recostó. Mablung le dijo que el Capitán regresaría pronto y que debían estar listos para partir. Sam le pidió que no lo despertaran, pues había caminado toda la noche. Pero Mablung se echó a reír.

Análisis del capítulo

Las primeras páginas del capítulo muestran por qué muchos consideran que el Libro Cuatro es el más débil de los seis: predomina el viaje por paisajes que se describen al detalle y la acción es mínima. La historia avanza lentamente y se percibe una falta de propósito inmediato. En este punto, Frodo, Sam y Gollum parecen estar vagando sin rumbo claro, sin más estímulo que la necesidad de moverse y sobrevivir.

Ithilien: un soplo de vida y belleza

El trío deja atrás el Morannon y se adentra en Ithilien, una tierra que aún no ha caído del todo bajo la sombra de Sauron. La aparición de un camino bien trazado es el primer indicio de que vuelven a una zona civilizada. Ithilien, “el jardín de Gondor”, contrasta radicalmente con los desolados parajes anteriores: el aire es fragante, el suelo está cubierto de flores y hierbas, y los bosques ofrecen una belleza casi salvaje.

Para los hobbits es un retorno simbólico a un entorno natural que les resulta reconfortante, y su reacción —la risa repentina, el alivio— revela cuánto han echado de menos esa conexión con la vida.

En una carta del 30 de abril de 1944, mientras escribía este capítulo, Tolkien le dijo a su hijo Christopher que Ithilien “resultaba un lugar encantador”. En The Letters, pág. 76, lo describió como un paisaje muy querido que contrastaba con las regiones estériles de las Ciénagas de los Muertos y el paso montañoso hacia el Morannon.

Gollum: ajeno a toda belleza

La reacción de Gollum ante Ithilien es opuesta: tose, jadea, rehúye los aromas de las flores como si fueran veneno. Un rechazo que está ligado al efecto corruptor del Anillo, que lo ha separado de cualquier placer natural. Así como antes no podía soportar la cuerda ni la comida élfica, ahora parece no poder respirar en medio de un mundo aún no mancillado del todo por el Mal.

La belleza se interrumpe: señal de muerte

Entre los helechos y las hierbas, Sam encuentra un círculo calcinado con huesos carbonizados. La escena recuerda de golpe que Ithilien, por bella que sea, sigue siendo tierra enemiga. Una imagen explícita que refuerza el contraste entre la superficie natural del mundo y la violencia que la amenaza.

Un momento de esperanza

Después de capítulos oscuros y deprimentes, Sam parece recobrar algo del espíritu práctico y optimista que lo define. Calcula las raciones, piensa en la vuelta, e incluso se esfuerza en ser amable con Gollum al pedirle que le consiga algo de comer. La esperanza se filtra en su pensamiento, y aunque el peligro sigue presente, se permite soñar con una comida caliente.

El guiso de conejo

La escena del guiso de conejo representa un anclaje muy humano en la historia: la necesidad de cocinar, de crear algo familiar, de recrear la intimidad del hogar en medio del viaje.

Vemos a Sam actuando como un hobbit en su esencia más pura.

También asistimos a uno de los pasajes más comentados: Sam contempla a Frodo dormido y piensa, sin palabras grandilocuentes, que lo quiere. En tiempos actuales este momento es blanco de malentendidos o bromas, pero responde sencillamente a una expresión sincera y masculina de cariño fraternal, en medio de una misión que les está exigiendo hasta la entrega de sus vidas.

Sam, un pequeño tirano

Lo que podría haber sido un momento de unión termina en conflicto. Sam, tras mostrar cortesía, cae rápidamente en una actitud desdeñosa y autoritaria. Trata a Gollum como a un sirviente, se burla de él, desprecia sus gustos, cocina sin reservarle nada y lo amenaza cuando no coopera. Sam, hasta ahora un personaje entrañable, aparece aquí como un pequeño tirano, incapaz de respetar las costumbres del otro.

Este momento contradice la ética de hospitalidad que ha recorrido la obra, especialmente en el trato entre pueblos. Lo que vemos aquí no es solo una discusión, sino una ruptura de la xenia (hospitalidad sagrada), pues Sam toma la presa de Gollum sin agradecimiento ni equidad.

Gollum se aleja, se intuye el peligro

Después de la disputa, Gollum desaparece. Frodo y Sam lo llaman, pero no responde. El lector puede intuir el peligro que esto representa, pero los hobbits no lo ven venir. Sam, además, comete el error de dejar parte del fuego sin apagar, una distracción peligrosa que acabará delatando su posición.

El encuentro con Faramir

Frodo y Sam son descubiertos por montaraces de Gondor. La tensión se disipa cuando se revela que no son enemigos, sino soldados que luchan contra las fuerzas de Sauron.

Frodo demuestra cada vez más seguridad a la hora de afrontar este tipo de situaciones, utilizando las palabras correctas, con valentía y sabiduría. Cuenta de forma resumida toda la historia desde Rivendel hasta Parth Galen, dejando fuera el Anillo. La mención de Boromir conmueve a los hombres, y especialmente a Faramir, su hermano.

Faramir apenas tiene tiempo de establecerse como personaje. Su introducción parece rápida y funcional.

El 6 de mayo de 1944 Tolkien escribió a su hijo Christopher: “Un nuevo personaje ha aparecido en la escena. Estoy seguro de que no estaba en la historia, y ni siquiera en mi mente, aunque me gusta mucho, y en cierto modo creo que ha llegado solo”. La escena de la presentación de Faramir aparece aquí por primera vez, pero probablemente fue lo último que Tolkien escribió del Libro IV.

La grandeza de los Dúnedain del Sur

Los hombres que acompañan a Faramir son descritos con un lenguaje que evoca nobleza, valentía y sabiduría. Hablan una lengua similar al élfico, tienen rostros tristes y orgullosos, y actúan como una guerrilla en territorio enemigo. A través de ellos se introduce una visión melancólica de Gondor: la de un reino noble, pero condenado a la decadencia. El fatalismo está presente, como lo estará también en Minas Tirith más adelante.

La emboscada: una batalla entre hombres

Faramir y sus hombres atacan a una columna de sureños que marchan hacia el Morannon. Sam presencia su primera batalla entre hombres, y no le gusta. Al ver un cadáver enemigo, se pregunta por su nombre, su origen, si era realmente malvado o solo alguien engañado o forzado a luchar. Esta breve reflexión es uno de los pocos momentos en que Tolkien presenta una guerra moralmente ambigua.

Sam ve al Sureño caído como un ser humano, y considera la posibilidad de que él también pudiera haber sido un participante inocente en la guerra.

«Era la primera vez que Sam veía una batalla de Hombres contra Hombres, y no le gustó nada. Se alegró de no verle la cara al muerto. Se preguntó cómo se llamaría el hombre y de dónde vendría; y si sería realmente malo de corazón, o qué amenazas lo habrían arrastrado a esta larga marcha tan lejos de su tierra, y si no hubiera preferido en verdad quedarse allí en paz…«

El Mûmak

El clímax visual del capítulo llega con la aparición del mûmak, una criatura gigantesca que irrumpe por el bosque aplastando todo a su paso. Aunque su presencia es impactante, no representa una amenaza duradera. Los hombres se apartan de su camino y la bestia desaparece en la distancia. Sam, sin embargo, queda marcado por la experiencia. Ha visto un olifante, y eso le basta.

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