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La Puerta Negra está cerrada (Las dos torres)

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LA-PUERTA-NEGRA-ESTA-CERRADA-LAS-DOS-TORRES

Resumen

Antes de que amaneciera, Frodo, Sam y Gollum alcanzaron el límite de Mordor. Las ciénagas y desiertos habían quedado atrás, y ante ellos se alzaban las grandes montañas: Ephel Dúath al oeste, Ered Lithui al norte, formando una muralla impenetrable que encerraba las llanuras de Lithlad y Gorgoroth. Entre los brazos de estas cadenas montañosas se abría Cirith Gorgor, el Paso de los Espectros. Allí, los Dientes de Mordor—dos colinas negras—custodiaban el desfiladero, coronadas por torres construidas por Gondor y ahora ocupadas por Sauron. La Puerta Negra, el Morannon, era un muro de piedra con una única puerta de hierro, rodeado por centinelas y un ejército de orcos agazapados en cavernas.

Al amanecer, resonaron las trompetas de las torres, seguidas de ecos desde fortalezas lejanas y tambores de Barad-dûr. Sam, al ver la escena, dijo: “He aquí la Puerta, y tengo la impresión de que no podremos ir más lejos.” Recordó con nostalgia a su tío y lamentó que probablemente nunca volvería a oírle decir: “Yo te lo decía, Sam.”

Gollum afirmó que Sméagol ya lo había advertido: “Ahora vemos. Oh sí, mi tesoro, ahora vemos.” Sam se enfureció por haber sido conducidos hasta un punto sin salida, pero Frodo aclaró con dureza que fue él quien dio la orden: “Lo dije porque tengo la intención de entrar en Mordor y no conozco otro camino.”

Frodo declaró que no pedía a nadie que le acompañara. Gollum, angustiado, le rogó que no llevara el Tesoro a Sauron y le suplicó: “Consérvalo, buen amo… devuélvelo al pequeño Sméagol.” Pero Frodo se mantuvo firme: “Tengo la orden de ir a las tierras de Mordor y por lo tanto iré.” Sam, sin palabras, decidió seguirlo, como había hecho siempre.

Entonces Gollum ofreció una alternativa: otro camino, más oscuro y secreto. Sam sospechó de su sinceridad, recordando la conversación que había oído entre sus dos mitades, Adulón y Bribón. Pensó: “Ambos querían evitar que Frodo cayese prisionero, para poder vigilarlo ellos mismos… al menos mientras Adulón tuviese la posibilidad de recuperar el ‘Tesoro’.”

Frodo lo escuchó en silencio, contemplando la llanura donde se veían ejércitos en marcha hacia la Puerta Negra. Reconoció en ello la visión que tuvo en el Amon Hen, y comprendió que aquella esperanza había sido vana: “Las trompetas no habían tronado en son de desafío sino de bienvenida.”

Finalmente, se volvió hacia Gollum y dijo: “Confiaré en ti una vez más… ojalá esta tercera prueba sea la mejor. Pero te lo advierto, Sméagol, estás en peligro.” Le recordó la promesa que juró por el Tesoro, y lo amenazó con que, si lo traicionaba, se pondría el Anillo y entonces Gollum tendría que obedecer cualquier orden, incluso la de lanzarse al fuego.

Gollum quedó tan aterrorizado que solo pudo gemir “buen amo”. Frodo bajó el tono y pidió detalles del otro camino. Gollum, entre susurros y lamentos, habló de un sendero al oeste, que ascendía por una escalera muy larga y angosta, seguida de un túnel oscuro y una rajadura que cruzaba las montañas. Sam, escéptico, preguntó si no estaría vigilado, y notó “un resplandor verde en la mirada de Gollum”.

Frodo también lo interrogó, mencionando a Aragorn. Gollum estalló: “¡Mentira!… Es verdad que escapé… pero no para Él.” Frodo percibió un atisbo de sinceridad en el uso del “yo”, aunque sospechó que su “evasión” pudo haber sido permitida por Sauron. Volvió a preguntar: “¿No está vigilado ese camino secreto?” Gollum respondió de mal talante: “Ningún lugar es seguro en esta región… Pero el amo tiene que intentarlo o volverse atrás.”

Era Cirith Ungol, aunque ni Frodo ni Sam conocían ese nombre. Aragorn quizá podría haberlos advertido, Gandalf sin duda los habría puesto en guardia. Pero estaban solos. Frodo meditó en silencio. Recordó que Gandalf nunca les dijo cómo entrar a Mordor: “Ahora él… ¡obligado a encontrar un camino que los mayores no podían… transitar!”

El día avanzó en un silencio denso. Frodo permaneció inmóvil, Sam contemplaba el cielo, y Gollum parecía un esqueleto abandonado. De pronto, Sam vio figuras aladas: eran jinetes negros en el aire. Frodo respondió: “Estas criaturas aladas… tienen la vista más aguda que cualquiera otra.” El terror pasó, pero el peligro había vuelto.

Entonces oyeron cantos y gritos. Gollum espió y confirmó que más hombres se dirigían a Mordor: “Caras oscuras… parecen feroces… vienen del Sur.” Sam, curioso, preguntó: “¿Había algún olifante?” y recitó un poema sobre los míticos animales. Frodo, entre risas, dijo: “Ojalá tuviéramos un millar de olifantes, y a Gandalf a la cabeza montado en uno de blanco.”

Finalmente, tomó su decisión: “Iré contigo.” Gollum, jubiloso, exclamó: “¡Buen amo!… descansad… hasta que la Cara Amarilla se haya marchado.” Se preparaban para partir, rápidos y silenciosos como sombras.

Análisis del capítulo

El capítulo “La Puerta Negra está cerrada” marca un punto de inflexión silencioso pero fundamental en el camino de Frodo y Sam hacia Mordor. A pesar de su brevedad, establece una escena cargada de tensión, desesperanza y engaño, mientras plantea una pregunta clave que nunca será respondida: ¿cómo pretendía Gandalf, en origen, que el Portador del Anillo entrase en la Tierra Negra?

Un muro impenetrable y una pregunta sin respuesta

La narrativa se abre con una poderosa descripción del Morannon, la Puerta Negra: una fortaleza ciclópea de piedra y hierro, que se alza como la barrera definitiva entre la esperanza y el horror. Tolkien escribe que las torres que la custodian eran “de piedra, y las troneras negras se abrían al norte, al este y al oeste, y en todas ellas había ojos avizores.”. El efecto es devastador: la entrada principal a Mordor es completamente inexpugnable.

El propio paisaje de Mordor se revela aquí con más detalle: un país flanqueado por montañas imposibles de cruzar y protegido por desiertos letales, diseñado, casi por malicia divina, para resistir cualquier intrusión. Ante esto, surge de nuevo una inquietud que Tolkien jamás resuelve de forma explícita: ¿qué plan tenía Gandalf para ingresar en Mordor?

Frodo: obstinado ante lo imposible

Frodo, al ver el portón, no se desmorona sino que reafirma su propósito. Tal como había dicho en “El Anillo va hacia el sur”: “Tengo la orden de ir a las tierras de Mordor y por lo tanto iré.  Si no hay más que un camino, tendré que tomarlo.  Suceda lo que suceda.” Su determinación parece ciega, incluso temeraria. A su lado, Sam reacciona como lo haría cualquier hombre sencillo que se enfrenta a lo inconcebible: con resignación y un deseo doloroso de volver a casa.

Gollum, en cambio, se agita con la ansiedad de quien ha sido empujado al borde de una pesadilla. Ante la posibilidad real de que Frodo intente entrar por la Puerta Negra y entregar el Anillo a Sauron, el conflicto interno que lo había dividido se evapora. Ya no hay disociación entre Gollum y Sméagol: solo una criatura desesperada por detener al Portador del Anillo a toda costa.

El nuevo camino: Cirith Ungol

Gollum sugiere entonces un “tercer camino”: un paso secreto que conoce hacia el oeste, entre las montañas de Mordor. Su historia es larga, evasiva, y cuidadosamente dosificada.

Sméagol es más listo de lo que parece, y tiene una comprensión sorprendentemente precisa de la situación geopolítica de Mordor: movimientos militares, los puntos débiles de la vigilancia y la lógica estratégica del propio Sauron.

Gollum actúa como un prestidigitador de palabras, dosificando cada revelación como si se tratara de un señuelo. Es Sam quien, con amargura, resume lo que todos piensan: “Sólo tenemos que subir y llamar a la puerta de la Torre y preguntar si ese es el camino que lleva a Mordor.”

Lo más inquietante es que, a pesar de las advertencias, nadie se interpone. Sam, que anteriormente había oído a Gollum hablar sobre terrores escondidos en ese camino, guarda silencio. Frodo, tras horas de deliberación, accede finalmente a seguir a Gollum.

El ascenso de Frodo como figura de poder

Aunque su decisión es cuestionable, Frodo no es engañado. Comprende los deseos ocultos de Gollum y le lanza una amenaza devastadora: “Como último recurso, Sméagol, yo me pondré el Tesoro; y el Tesoro te dominó hace mucho tiempo. Si entonces yo te diese una orden, tendrías que obedecerla, aunque dijera que saltaras al fuego desde un precipicio y ésa sería mi orden.” Estas palabras evocan directamente la idea de que Frodo ha adquirido un nuevo poder, una autoridad que empieza a parecerse, de forma inquietante, a la de Sauron.

Es un momento clave: Frodo reafirma su liderazgo frente a Sam, quien ni siquiera llega a objetar. Tolkien remarca el cambio en Frodo: “había algo en la expresión del rostro y en el tono de la voz de Frodo que él nunca había conocido antes.

Ecos de la guerra y sombra sobre la tierra

La decisión de seguir a Gollum viene acompañada por una visión fugaz del enemigo. Desde la cima de una roca, ven llegar soldados del este, hombres de rostros oscuros y atuendo bárbaro.

Este momento también sirve para remarcar la insignificancia de los hobbits ante el poder de Sauron. El enemigo tiene recursos casi ilimitados y ejércitos que no cesan de marchar hacia su fortaleza. La aventura de Frodo se siente, aquí más que nunca, como un acto de locura desesperada.

Entre la oscuridad y la poesía

Justo cuando la tensión parece haber alcanzado su límite, Sam ofrece un respiro. Recita su poema sobre los olifantes, arrancando una risa a Frodo. Es un momento de ternura, que actúa como oasis en el páramo moral y físico por el que transitan. Tolkien muestra aquí su maestría en equilibrar lo épico con lo íntimo, recordándonos que los pequeños actos de humanidad pueden brillar incluso en los días más oscuros.

Gris como una rata,

grande como una casa,

la nariz de serpiente,

hago temblar la tierra

cuando piso la hierba;

y los árboles crujen.

Con cuernos en la boca

por el Sur voy moviendo

las inmensas orejas.

Desde años sin cuento,

marcho de un lado a otro,

y ni para morir

en la tierra me acuesto.

Yo soy el Olifante,

el más grande de todos,

viejo, alto y enorme.

Si alguna vez me ves,

no podrás olvidarme.

Y si nunca me encuentras

no pensarás que existo.

Soy el viejo Olifante,

el que nunca se acuesta.

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