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Resumen
Gollum guio a Frodo y Sam con agilidad, adelantando la cabeza y el cuello y utilizando manos y pies por igual. Aunque se movía deprisa, no parecía querer escapar y se detenía a esperarlos si se quedaban atrás. Así llegaron a una garganta por la que Gollum había huido en el pasado. Descendieron por ella hasta alcanzar un riachuelo, uno de tantos que bajaban desde las colinas hasta alimentar las ciénagas. Gollum se mostró dichoso de pisar el agua, canturreando con voz ronca una canción que exaltaba la frescura de los charcos y el deseo de atrapar un “pez jugoso y suculento”. A Sam no le hizo ninguna gracia ver brillar los ojos de Gollum al mencionar el hambre, y empezó a temer que, si no encontraba pescado, tal vez pensara en otra presa más fácil mientras dormían.
Avanzaron largo rato por la garganta, hasta que el alba empezó a clarear. Gollum se negó a continuar con la llegada del día. “Sméagol se queda aquí. Yo me quedaré aquí y la Cara Amarilla no me verá”. Frodo, agotado, aceptó el descanso, y los tres se refugiaron junto a una pared de roca. Cuando Frodo ofreció compartir su escaso alimento, Gollum mostró su repulsión al lembas élfico: “¡Hojas del país élfico! ¡Puaj! Apestan”, dijo antes de escupirlo. Aunque prometió seguir cumpliendo su palabra, aseguró que no podría comer comida de hobbits.
Mientras Frodo dormía, Sam montó guardia. Al ver a Gollum durmiendo profundamente, se permitió descansar un rato, pero acabó durmiendo más de lo previsto. Cuando despertó, Gollum había desaparecido. Sam lo maldijo entre dientes, aunque Frodo, al despertar, se mostró tranquilo. “No podemos impedirlo. Pero volverá, ya verás. Todavía cumplirá la promesa por algún tiempo”.
Sam, preocupado por las provisiones, calculó que apenas tenían para tres semanas, y se preguntó qué harían después. Frodo respondió con melancólica firmeza: “¿Qué esperanzas tenemos de terminarlo alguna vez? Y si lo hacemos ¿sabemos acaso qué habremos conseguido? Si el Único cae en el Fuego, y nosotros nos encontramos en las cercanías… ¿crees que necesitaremos pan alguna vez?”
Gollum regresó entonces, con la cara y los dedos sucios de barro, masticando algo que ninguno de los hobbits quiso identificar. Se lavó, bebió, y les aseguró que era hora de seguir. El viaje por la ciénaga se volvió cada vez más fatigoso. El terreno era resbaladizo y traicionero, una red de lagunas, barro y hierba podrida. Gollum demostraba conocer bien el lugar, y avanzaba husmeando el aire, deteniéndose a veces para escuchar con el oído pegado al suelo. El paisaje era sombrío: algas lívidas cubrían las aguas oscuras, y cañas muertas se agitaban sin viento. Sam lamentó la ausencia de pájaros. “¡No, nada de pájaros!”, replicó Gollum con pesar.
Al tercer día, al internarse en el corazón de la Ciénaga de los Muertos, el terreno se volvió más peligroso. La oscuridad se hizo total y las luces aparecieron: fuegos fatuos y llamas brumosas que flotaban como fantasmas. Frodo, absorto, se quedó mirando una de esas luces y Sam tuvo que sacarlo del trance. Al tropezar, Sam cayó junto a una laguna y vislumbró “caras muertas en el agua”. Gollum explicó con tono extraño: “Elfos y hombres y orcos… Todos muertos, todos putrefactos. La Ciénaga de los Muertos”.
La marcha continuó entre el barro pestilente. Gollum avanzaba inquieto, cada vez más nervioso. De pronto, un grito lejano desgarró el aire: un Nazgûl volaba sobre ellos. Se arrojaron al suelo y vieron cómo una gran figura alada cruzaba frente a la luna. “¡Espectros con alas! Son los siervos del Tesoro”, gemía Gollum, que quedó postrado en el suelo como desmayado. Solo cuando la luna desapareció, consintió en levantarse.
Desde entonces, Sam notó un nuevo cambio en Gollum. Se mostraba más servil, pero también más inquietante. Sam lo sorprendía a menudo observando a Frodo con miradas turbias. Frodo, por su parte, se veía cada vez más agotado, como si el Anillo se volviera más pesado a cada paso. Sentía el peso del Ojo sobre él, como una presencia que lo atravesaba todo. Sam, siempre a su lado, lo animaba con palabras suaves, sin apartarse de él.
Tras varios días, el pantano fue cediendo paso a tierras secas, cubiertas de cenizas y lodos grises. Era la antesala de Mordor. Frodo contempló el paisaje con horror. Nada vivía allí. Era una tierra enferma, corrompida por siempre. “Me siento mal”, dijo Sam. Buscaron refugio en un foso, sin agua ni esperanza. Durante la guardia, Frodo se durmió. Sam despertó sobresaltado al ver a Gollum junto a él, murmurando.
Sméagol discutía consigo mismo: una voz suplicante, otra taimada. “Sméagol prometió”, decía una. “Pero si nosotros fuéramos el amo, podríamos ayudarnos a nosotros mismos”, respondía la otra. La mano de Gollum se acercó varias veces al cuello de Frodo, crispada. Sam comprendió al fin que el peligro real no era el hambre de Gollum, sino su deseo por el Anillo. Una voz mencionó a una aliada: “Ella podría ayudar”.
Sam interrumpió la escena fingiendo haberse despertado por casualidad. Gollum fingió alegría. “¡Buenos hobbits! ¡Cabezas soñolientas!” Frodo despertó renovado, como si una visión lo hubiera reconfortado. “Condúcenos hasta la Puerta y serás libre”, le prometió a Gollum. Pero este se estremeció. “Cuando nos hayamos acercado… veremos tal vez”.
Reemprendieron la marcha, pero pronto sintieron de nuevo el temor de la sombra alada. Dos veces más pasaron por esa experiencia. A la tercera, Gollum se negó a avanzar: “Tres veces es una amenaza. Sienten nuestra presencia. El Tesoro es el amo para ellos”. Solo cuando Frodo amenazó con desenvainar la espada, volvió a caminar, cabizbajo.
Y así, bajo un cielo inmundo, arrastrando los pies por una tierra sin vida, los tres prosiguieron en silencio hacia el próximo día de terror.
Análisis del capítulo
Una travesía tediosa… pero reveladora
“A través de las ciénagas” es uno de los capítulos más lentos del Libro Cuarto y, para muchos lectores, una confirmación de los puntos débiles de esta parte de El Señor de los Anillos: paisajes sombríos, un trío cerrado de personajes y un ritmo pesado. A simple vista, podría resumirse en una frase: cruzan un pantano y Frodo está cada vez peor. Sin embargo, bajo su superficie cenagosa, este capítulo revela profundidades significativas: tanto en el desarrollo psicológico de los personajes como en la atmósfera de decadencia que anticipa la llegada a Mordor.
Las Ciénegas de los Muertos: un campo de horror
Al igual que en Sméagol domado los hobbits enfrentaban el laberinto pétreo de Emyn Muil, ahora deben atravesar un nuevo obstáculo físico y simbólico: un vasto pantano cargado de muerte y corrupción. Tolkien describe este lugar con precisión poética: “El único verdor era el de la espuma lívida de las algas en la superficie oscura y viscosa del agua sombría. Hierbas muertas y cañas putrefactas asomaban entre las neblinas como las sombras andrajosas de unos estíos olvidados.”.
Las Ciénegas de los Muertos son el eco de una batalla ancestral, un cementerio sin memoria ni consuelo. Aquí todo está muerto o moribundo. El lector descubre, con inquietud, que los fuegos fatuos atraen a los vivos con falsas luces, como si las almas de los caídos aún buscaran compañía para su perdición.
Gollum domado: entre el siervo y el acechador
Gollum continúa con su nueva actitud de docilidad teatral. Se muestra servicial, afectuoso incluso, pero bajo esa fachada se percibe siempre un rastro de oscuridad. Su rechazo casi físico a las lembas —el alimento élfico— sugiere una barrera espiritual: Gollum ya no pertenece al mundo de la luz.
El contraste entre su tono meloso y su tendencia a gruñir, murmurar y quejarse, revela su constante lucha interna. Gollum no ha sido redimido: ha sido contenido. La escena en la que Frodo debe usar la amenaza para obligarlo a avanzar muestra que el equilibrio del poder se tambalea. Frodo dejó de ser su amo temido; Gollum ya no es solo el siervo, sino el guía… y cada vez con más control.
Frodo: resignación, fatiga y la entrega al destino
Frodo, cada vez más quebrado, comienza a hablar con una resignación sombría. Su conversación con Sam muestra que ha aceptado la posibilidad de no regresar: “¿Qué esperanza hay de que lo logremos? Y si lo logramos, ¿quién sabe qué pasará después?”. Para él, el único propósito es llegar al Monte del Destino, y después… desaparecer. El Anillo es ya una losa física y espiritual que lo arrastra al abismo, y la cercanía de Mordor intensifica esa presión.
La relación con Sam, sin embargo, se humaniza más que nunca. Frodo deja de hablarle como a un criado: «en verdad Sam, mi hobbit más querido, el amigo por excelencia, no nos preocupemos por lo que vendrá después.». Esto refuerza la idea de que el peso de la empresa ha nivelado su relación: ahora caminan como compañeros en una travesía hacia la muerte.
Sam: lógica, sospecha y fidelidad silenciosa
Sam vuelve a ser la voz de la razón. Se preocupa por la comida, reflexiona con franqueza y desconfía profundamente de Gollum. Mientras Frodo se deja arrastrar por una compasión casi mesiánica, Sam permanece alerta, incluso brusco. Pero no confronta directamente a su amo: lo sigue, lo apoya y lo protege… aunque interiormente se revuelva ante cada gesto amable hacia Gollum.
Sam es el contrapeso. Su realismo y desconfianza no son falta de virtud, sino la encarnación de un amor protector que no quiere ver a Frodo caer. Es el primero que ve lo que otros no quieren ver, pero su voz, por ahora, no se impone.
La utilidad de Gollum: guía entre muertos
El mérito del capítulo radica también en reforzar el papel útil de Gollum: sin él, los hobbits se habrían perdido o muerto. Tolkien cuida de mostrarnos que hay razones válidas para que Frodo confíe, al menos momentáneamente. Gollum conoce las ciénagas, las evita con pericia y detecta los peligros antes de que sean evidentes.
El equilibrio entre necesidad y peligro, entre utilidad y traición, se tensa más que nunca. Gollum ya no está solo a merced del Anillo o de Frodo. Tiene iniciativa. Y eso inquieta.
El sobrevuelo del Nazgûl
Cuando un Nazgûl sobrevuela las Ciánegas, los tres personajes reaccionan de formas diferentes. Frodo y Sam caen al suelo, pero se recuperan. Gollum, en cambio, queda paralizado. Esta escena, aparentemente simple, ofrece una inversión notable: el guía, el superviviente, es aquí el más vulnerable. Tal vez por su historia con el Anillo, por algún encuentro pasado con los Espectros del Anillo o simplemente por su naturaleza degradada, Gollum se convierte en el más aterrorizado de los tres.
Y un detalle perturbador: las luces de los muertos se apagan cuando el Nazgûl pasa, como si incluso los espectros supieran que hay un mal aún mayor entre ellos.
Mordor ante sus ojos: el infierno industrial
Cuando finalmente salen de las ciénagas, lo que se abre ante ellos es un paisaje de horror sin precedentes. Tolkien describe un páramo vomitado por las entrañas de la montaña: lodo cenagoso, piedras abrasadas, charcas grises, vapores enfermizos. “Nada vivía aquí, ni siquiera esa vegetación leprosa que se alimenta de la podredumbre. Cenizas y Iodos viscosos de un blanco y un gris malsanos ahogaban las bocas jadeantes de las ciénagas, como si las entrañas de los montes hubiesen vomitado una inmundicia sobre las tierras circundantes.”. Es el paisaje de una guerra perpetua, un infierno sin redención. Y, en el centro, Mordor.
Sam lo resume con honestidad: “Me siento mal”. Frodo, simplemente, no dice nada. Ambos están al borde del colapso, no por un enemigo visible, sino por el paisaje mismo. Es la anti-Comarca. Y, como en un mal sueño, los hobbits sienten que no pueden avanzar… pero que no hay otro camino.
El diálogo interior de Gollum: el alma fragmentada
El capítulo concluye con una de las escenas más célebres del libro: la conversación entre Gollum y Sméagol. Sam, sin ser visto, escucha cómo el alma del guía se fractura. Sméagol quiere seguir fiel a su promesa. Gollum —la parte corrompida, el reflejo vivo del Anillo— lo convence de traicionar. Es aquí donde el lector puede interpretar que “Gollum” ya no es solo un apodo: es el Anillo hecho carne, manipulando desde dentro, como lo hizo con Boromir, y como lo intentará con Sam.
La alusión a “ella” —una figura aún sin revelar— añade tensión. Sabemos que una trampa se está gestando. Y lo peor es que Sam lo ha oído. Ha escuchado todo. Y, sin embargo, no actúa. Quizá porque cree que se separarán pronto. Quizá porque aún confía en la vigilancia de Frodo. Sea como sea, este silencio tendrá consecuencias.
¿Cuánto puede soportar un alma?
El capítulo no destaca por su ritmo, ni por sus eventos externos. Pero en lo interno, en la degradación paulatina de Frodo, en la tensión creciente entre Sam y Gollum, en el avance físico y espiritual hacia la Sombra, es profundamente inquietante. La división entre el Frodo idealista y el Sam realista se acentúa. Gollum, como figura ambigua, gana protagonismo.
“A través de las ciénagas” es el descenso al infierno previo a la llegada a sus puertas. La esperanza casi se ha extinguido. Pero la historia no ha terminado. Queda aún la tentación final, el sacrificio último, y —aunque aún no lo sepan— una pequeña chispa de redención.
Tolkien, las Ciénagas de los Muertos y la Primera Guerra Mundial
Las Ciénagas de los Muertos son una representación del horror de la guerra, de la memoria deformada por la podredumbre, de lo que se hunde sin descanso en el olvido.
Tolkien escribió al profesor L.W. Forster el 31 de diciembre de 1960 que “las Ciénagas de los Muertos y los accesos al Morannon deben algo al norte de Francia después de la Batalla del Somme (en la Primera Guerra Mundial)” (Cartas, p. 303). Compárese, por ejemplo, con el comentario del Somme del Capitán Alfred Bundy en su diario del 10 de octubre de 1916: “Nunca he visto tanta desolación. Barro espeso, profundo y negro, pozos de conchas llenos de agua, cadáveres todos en distintos grados de descomposición, algunos apenas desollados, otros hinchados y negros” (citado en Malcolm Brown, The Imperial War Museum Book of the Somme (2002), p. 223); y lo escrito por Siegfried Sassoon en sus Memorias de un Oficial de Infantería: “Flotando en la superficie de la zanja inundada estaba la máscara de un rostro humano que se había desprendido del cráneo.” Otra inspiración para las Ciénagas de los Muertos puede encontrarse en De origine actibusque Getarum (El origen y hechos de los godos) del historiador del siglo VI Jordanes, quien relata el colapso de un puente mientras un ejército cruzaba, en un área “rodeada de cañaverales y pantanos”, donde incluso hoy “pueden encontrarse restos de cabezas de ganado y rastros de hombres”.
Incluso los fuegos fatuos que aparecen más adelante evocan las «corpse candles» (velas funerarias supersticiosas) y funcionan como trampas espectrales: luces que invitan a los vivos a unirse a los muertos. Tolkien parece tomar aquí también la tradición germánica, referida por Jordanes en el De origine actibusque Getarum, donde se menciona un puente colapsado sobre un pantano lleno de cadáveres y ganado sumergido.


