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Resumen
Frodo y Sam se encontraban perdidos en las áridas y laberínticas colinas de Emyn Muil desde hacía tres noches. Habían avanzado hacia el este bordeando las montañas, pero sin hallar salida hacia la llanura, donde se extendían unas ciénagas lívidas y putrefactas. Ahora estaban detenidos al borde de un alto acantilado, bajo un cielo cubierto y un viento glacial que soplaba desde Mordor. Frodo murmuró: Mordor, y deseó llegar cuanto antes y terminar de una vez.
Cansados y sin esperanza, bajaron a una hondonada rocosa para refugiarse. Durmieron por turnos y al amanecer constataron que el acechador que los seguía, Gollum, no se había mostrado desde hacía dos noches. Sam deseó haberse librado de él para siempre, pero Frodo confesó que su preocupación era otra: “hay un Ojo en la oscuridad”.
Durante la jornada, avanzaron sin rumbo claro, sin percatarse de que habían descendido hacia la llanura. Se detuvieron ante una garganta profunda, que les impedía seguir. Frodo decidió que debían intentar el descenso. Sam murmuró que sería “una caída desastrosa”. Descendieron por una grieta flanqueada de árboles muertos hasta llegar al borde del acantilado. Frodo calculó que la bajada era de unas dieciocho brazas, y consideró que podrían hacerlo.
Cuando Frodo se disponía a bajar, estalló una tormenta: el cielo se oscureció de golpe, y un grito agudo y terrible se alzó en el viento. Era un grito que ya habían oído antes, uno de esos chillidos que hielan la sangre. Frodo resbaló y desapareció en el abismo. Sam, horrorizado, gritó: “¡Amo! ¡Amo!”, hasta que oyó, débil pero claro: “¡Todo bien! Estoy aquí. Pero no se ve nada”.
Frodo había caído en una cornisa más baja, empujado contra la roca por el viento, y en la oscuridad pensó que había quedado ciego. Sam quiso bajar, pero Frodo le pidió que esperara. Entonces Sam recordó que llevaba una cuerda de los elfos, y gritó lleno de alivio: “¡No eres más que un pampirolón, Sam Gamyi!” Le lanzó la cuerda y Frodo trepó hasta la cima. A salvo, buscaron refugio de la lluvia y recordaron que las cuerdas de Lórien eran “suaves como la leche en la mano”.
Al día siguiente, bajaron finalmente con la cuerda. Sam descendió primero y luego Frodo. Al llegar al suelo, Sam lamentó haber dejado la cuerda amarrada arriba. Pero al tirar de ella, esta se soltó sola, sin que se rompiera ni se deshiciera el nudo. Sam murmuró que tal vez la cuerda se había soltado cuando la llamó, lo que asombró a ambos.
Al caer la noche, se encontraron frente a una grieta intransitable, y buscaron refugio al pie del acantilado. Exhaustos, se recostaron contra una roca. Frodo montó guardia, y entonces lo vio: una figura negra bajaba por la pared, “como una araña horrible”. Era Gollum. Frodo y Sam lo acecharon y lo oyeron hablar consigo mismo: “¿Dónde está, mi tesoro? Es nuestro, es, y nosotros lo queremos”.
Cuando Gollum cayó al pie del acantilado, Sam se le echó encima. Pero Gollum se defendió con fuerza sorprendente, y habría estrangulado a Sam si Frodo no hubiese intervenido con Dardo. Gollum se rindió, sollozando y suplicando. Frodo dijo: “No podemos matarlo… ¡Pobre miserable! ¡No nos ha hecho ningún daño!”
Entonces recordó las palabras de Gandalf sobre la compasión, y afirmó: “Ahora que lo veo, me inspira lástima”. Ordenó que Gollum los acompañara, pues debía guiarlos. “Vamos camino de Mordor, naturalmente. Y tú conoces ese camino”.
Gollum, horrorizado, suplicó no volver, y entró en una lucha interna, hablando consigo mismo: “¡Déjame solo, gollum! ¡No lo puedo encontrar! Ellos siempre están despiertos”. Frodo le dijo que, si quería librarse de Él, debía ayudarlos a llegar hasta las puertas de Mordor. Gollum respondió con sarcasmo: “Está allí. Los orcos te indicarán el camino”.
Finalmente, Frodo exigió que Gollum hiciera una promesa. Gollum dijo: “Sméagol jurará que nunca permitirá que Él lo tenga. ¡Sméagol lo salvará!”. Frodo le prohibió jurar sobre el Anillo, y lo hizo jurar por él mismo. “Está delante de ti”, dijo. Y Sam sintió que Frodo se alzaba como una sombra poderosa, mientras Gollum se encogía como un animal temeroso.
Gollum juró: “Serviré al señor del Tesoro”. Frodo ordenó quitarle la cuerda. Sam obedeció de mala gana. Gollum comenzó a comportarse de forma dócil, casi infantil, haciendo cabriolas y esforzándose por agradar. Pero Sam desconfiaba más que nunca.
Cuando la luna se escondió, Gollum los guió: “No hay más que un camino entre el extremo norte y el extremo sur. Yo lo descubrí”. Emprendieron la marcha hacia las ciénagas, guiados por Sméagol. Sam le advirtió: “¡Te seguiré de cerca, y tengo la cuerda preparada!”. A lo lejos, sobre las tierras que conducían a Mordor, se cernía un silencio negro.
Análisis del capítulo
Un capítulo subestimado
El capítulo «Sméagol domado», y en general el Libro Cuarto, suele ser percibido como uno de los menos atractivos de El Señor de los Anillos. Sus paisajes lúgubres, la escasa variedad de personajes y la constante sensación de desolación pueden generar cierto rechazo. Sin embargo, para quienes se adentran en sus matices, este libro ofrece una de las caracterizaciones más ricas de toda la saga: Gollum. Además, representa el momento en que Sam empieza a definirse como personaje por derecho propio, y Frodo, aunque quebrado por el peso del Anillo, comienza a ejercer una forma de liderazgo silenciosa, empapada de compasión y tensión interior.
La geografía del abatimiento: Emyn Muil como símbolo del extravío
El capítulo se abre con Sam resumiendo la situación con una frase que captura todo el tono del Libro Cuarto: “Y bien, mi amo, no hay duda de que estamos metidos en un brete”. Emyn Muil se describe como un laberinto rocoso y estéril, donde los hobbits avanzaban en círculos sin encontrar salida. Las palabras que emplea Tolkien para describirlo pintan un cuadro de desesperanza total. Parece que el lugar físico es al mismo tiempo un reflejo del estado psicológico de Frodo y Sam. Frodo, especialmente, está dominado por la fatiga espiritual: “Estoy cansado, Sam. No sé qué hacer”.
La geografía se convierte así en un enemigo más, una prolongación del dominio de Sauron. Las montañas no ofrecen refugio, y más allá solo aguardan las Ciénagas de los Muertos. Incluso la luz se describe como enfermiza, como si el mundo físico estuviera cediendo al poder del Anillo.
Frodo y Sam: la dupla rota y complementaria
Este capítulo profundiza en la relación entre los dos hobbits. Frodo se presenta como un líder desbordado por el peso del destino. Está absorto en la misión, obsesionado con Mordor, con su propia demora, y con una culpabilidad retrospectiva por haber tomado decisiones erradas. Sam, por su parte, sigue actuando desde lo práctico, pero también revela una ingenuidad adorable: se lamenta de cargar sus utensilios de cocina sin nada que cocinar.
Sam encarna una versión terrenal y rústica de la lealtad. Su torpe intento de bajar por el acantilado antes de pensar es una manifestación simultánea de valentía y estupidez. Esta dinámica —el noble caído y el siervo que, sin quererlo, sostiene la misión— es uno de los grandes aciertos dramáticos de Tolkien.
El regreso del Nazgûl: la soledad ante el Mal
Cuando el grito del Nazgûl resuena en la tormenta, los hobbits son sobrecogidos por un pánico que atraviesa el cuerpo como “cuchillos helados de horror y desesperación”. Esta aparición, aunque breve, sirve para recordarnos que Frodo y Sam están solos en un mundo donde el mal domina el cielo, la tierra y hasta los elementos. El Ojo no aparece físicamente, pero su sombra pesa en cada decisión y cada paso.
La cuerda de Lórien: olvido, suerte y destino
El episodio de la cuerda olvidada resume a la perfección el tono del capítulo: desesperación, torpeza, providencia. Sam, tras permitir que Frodo se exponga al peligro, recuerda de pronto que posee una cuerda élfica. Su olvido es cómico y revelador a la vez. La cuerda, además, parece tener propiedades mágicas: brilla en la oscuridad y, más adelante, se suelta “sola”, lo cual abre la puerta a la posibilidad de que la gracia de los Elfos siga actuando incluso en la desolación.
La entrada de Gollum: una figura inolvidable
Cuando finalmente aparece, Gollum rompe la monotonía del capítulo y lo transforma. Su descenso por la roca, como “una araña horrible”, está cargado de tensión. Es capturado, pero no sin antes demostrar que, incluso agotado y en desventaja, sigue siendo peligroso. Su lenguaje (“mi tesoro, mi tesoro”) y su comportamiento oscilan entre la súplica, la astucia, el delirio y la ferocidad. Es una criatura con varias capas, que no puede reducirse a una dicotomía de bien/mal.
Gollum, mas que un simple villano, parece un reflejo potencial del propio Frodo. Tolkien lo presenta como una advertencia: “Frodo empieza a parecerse a él”, dirá Sam en capítulos posteriores. Ya desde aquí se prefigura esa simbiosis: Frodo llama a la criatura “Sméagol”, lo humaniza, mientras Sam persiste en llamarle “eso”.
Misericordia, poder y tentación
La decisión de no matar a Gollum es uno de los momentos morales más importantes del libro. Frodo recuerda las palabras de Gandalf —“Lástima y misericordia: no matar sin necesidad”— y decide actuar en consecuencia. Pero no lo hace desde una compasión blanda: lo somete. “Porque ahora que lo veo, me inspira lástima”, dice, después de haberlo tenido bajo la hoja de Dardo. Esta mezcla de autoridad y misericordia prefigura la figura mesiánica que Frodo irá encarnando progresivamente.
Hay un detalle inquietante en este pasaje: Frodo no permite a Gollum jurar sobre el Anillo, pero le hace prometer “por él”. Esta sutileza implica una ambigüedad: ¿está Frodo usándolo como símbolo de autoridad moral, o está empezando a dejarse poseer por él? No es imposible imaginar que el Anillo mismo esté influyendo para mantener a Gollum con vida, reconociendo en él un aliado para la supervivencia.
Sméagol domado
Después del juramento, Gollum cambia radicalmente. Se vuelve casi sumiso, servicial, incluso infantil. Se ríe con las bromas, llora con los reproches, y actúa como un perro que ha sido golpeado y aún así busca el afecto del amo. Sam desconfía profundamente, y con razón. La personalidad de Gollum sigue siendo una máscara, un juego de reflejos que puede mutar en cualquier momento.
Este Gollum “domado” no está curado, sino contenido. Su servidumbre no está basada en la lealtad, sino en el miedo y la obsesión. El hecho de que prometa “servir al señor del Tesoro” sin aclarar quién es ese señor deja la puerta abierta a la traición. En el fondo, lo que Gollum ha jurado es su fidelidad al Anillo.
Epílogo: la noche, el silencio y la sombra que se cierne
El capítulo concluye con una marcha silenciosa hacia las ciénagas. Gollum les dice que conoce un camino que los orcos no usan. Y entonces, Tolkien cierra con una frase ominosa: “Sobre las interminables leguas desérticas que se extendían ante las puertas de Mordor, se cernía un silencio negro.”.
Más que la ausencia de ruido, este silencio es como la respiración contenida del Mal. Mordor los espera, y aunque el trío ha encontrado un guía, ese guía no es de fiar.


