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El río grande (La Comunidad del Anillo)

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Resumen

Resumen corto:

La Compañía retomó su viaje por el Anduin, avanzando en silencio mientras el paisaje cambiaba de bosques sombríos a las desoladas Tierras Pardas. A pesar de la aparente calma, la inquietud crecía, especialmente con la presencia furtiva de Gollum, quien los seguía desde Moria. En el séptimo día, enfrentaron los peligros de los rápidos y una sombra alada, derribada por Legolas. Continuaron hacia el Nen Hithoel, pasando entre los majestuosos Argonath, donde Frodo sintió un temor reverente. Mientras descansaban bajo las colinas, la Compañía se preparó para decidir su próximo camino, conscientes de que la última etapa de su misión estaba cerca.

Resumen extendido

El despertar en la ribera del Anduin

Sam despertó a Frodo, quien se encontraba bien arropado bajo altos árboles de corteza gris en un rincón tranquilo del bosque, en la margen occidental del Río Grande, el Anduin. Gimli estaba cerca, cuidando de un pequeño fuego. Habían dormido toda la noche, y el gris del alba apenas asomaba entre las ramas desnudas.

Un avance cauteloso

Partieron antes de que aclarara del todo, sin prisa por llegar al sur. La compañía se dejó llevar por las aguas del río, prefiriendo evitar los peligros que les esperaban más allá. Aragorn insistía en iniciar la jornada temprano y prolongarla hasta bien entrada la tarde, pues su corazón le decía que el tiempo apremiaba. El Señor Oscuro no se quedaría cruzado de brazos mientras ellos se retrasaban en Lórien.

Las tierras pardas

Durante varios días no vieron señales del enemigo. Las horas pasaban grises y monótonas, hasta que el paisaje comenzó a cambiar. Los árboles desaparecieron y llegaron a las Tierras Pardas, una región devastada y hostil. Al este, las colinas parecían resecas y quemadas, mientras que al oeste el terreno era llano y verde en muchos lugares. Pasaron florestas de juncos altos que susurraban tristemente en el aire fresco. No encontraron más criaturas que pájaros, aunque Sam y Frodo avistaron una bandada de cisnes negros en el cielo.

Una inquietud creciente

El viaje continuó sin incidentes, pero una sensación de inseguridad invadió a la compañía. El paisaje se volvía cada vez más desolado y hostil, y Sam extrañaba los árboles que antes parecían amenazantes. Frodo recordaba con nostalgia los prados y fuentes de Lothlórien. La conversación y la risa escaseaban en los botes, todos parecían ensimismados.

Gollum al acecho

En una noche, Sam, soñoliento, creyó ver un leño con ojos flotando cerca del bote de Gimli. Al principio pensó que era un sueño, pero al contarle a Frodo, ambos recordaron la criatura que habían visto antes de llegar a Lórien. Sospechaban que se trataba de Gollum, y decidieron mantenerse alerta. Frodo también vio a la criatura esa noche, pero desapareció rápidamente en la oscuridad. Aragorn confirmó que Gollum los había seguido desde Moria y que era hábil en el agua.

La amenaza velada

La compañía aumentó la vigilancia, pero Gollum no volvió a aparecer durante el resto del viaje. Avanzaron rápidamente, viajando de noche y descansando de día. El tiempo pasó sin incidentes hasta el séptimo día, cuando el paisaje comenzó a cambiar drásticamente. Las orillas se levantaron y se hicieron pedregosas, mientras las colinas grises de Emyn Muil se alzaban al sol. Había muchos pájaros en los acantilados, y Aragorn observaba sus vuelos con recelo, temiendo que Gollum hubiera alertado al enemigo.

Los rápidos de Sauron

En una noche tranquila, la compañía decidió correr el riesgo de otra jornada nocturna. Sam fue el vigía en la proa, y de repente dio un grito al ver formas y remolinos de aguas rápidas delante de ellos. Boromir gritó que no podían cruzar los rápidos de noche, y Aragorn intentó detener la barca. Con mucho esfuerzo, lograron girar las barcas y se dirigieron a la orilla occidental para tomar aliento.

La sombra alada

Mientras descansaban, Legolas observaba la oscuridad y una gran criatura alada se precipitó hacia la compañía. El arco de Lórien cantó, y la sombra cayó en la penumbra de la costa oriental. El cielo se aclaró y no hubo más ataques esa noche. Al día siguiente, la niebla se disipó y continuaron su viaje. Aragorn y Legolas encontraron una senda para llevar las barcas y el equipaje más allá de los rápidos. El trabajo fue duro, pero lograron trasladar todo al embarcadero del sur.

Los Argonath y el Nen Hithoel

La compañía continuó su viaje, navegando por un largo lago oval, el Nen Hithoel, rodeado de colinas grises y abruptas. Frodo vio dos grandes pilares de piedra, los Argonath, los pilares de los reyes, que se alzaban a ambos lados del río. Las barcas pasaron entre ellos, y Frodo sintió un temor reverente al contemplar las majestuosas figuras. Aragorn, con una luz en los ojos, guiaba la barca como un rey que vuelve del exilio.

El cruce hacia el destino

El paso era largo y oscuro, pero las barcas finalmente salieron a una luz vasta y clara. El sol brillaba en un cielo ventoso mientras las aguas se extendían en el Nen Hithoel. Aragorn señaló el Tol Brandir y las colinas del Oído y de la Vista.

El dilema de la compañía

La compañía descansó un rato antes de continuar hacia el sur. Al llegar a la sombra de las colinas, la noche se extendía sobre las aguas. El décimo día de viaje había terminado, y la compañía debía decidir entre el camino del este y el camino del oeste. La última etapa de la búsqueda estaba ante ellos.

Análisis, reflexiones y sabiduría de Tolkien en el capítulo

En El Gran Río, Tolkien nos lleva al tramo final del viaje de la Comunidad antes de la inevitable fractura que marcará el clímax de La Comunidad del Anillo. El capítulo está cargado de una atmósfera de anticipación y tensión. Aunque es esencialmente un capítulo de transición, destaca por su riqueza en simbolismo, descripciones detalladas y la creciente sensación de peligro que acecha al grupo.

Un río lleno de tensiones

El Anduin, un protagonista silencioso del capítulo, actúa como un símbolo del estado de la Comunidad. Su curso, que fluye con calma pero lleva al grupo hacia un destino inevitable, refleja la indecisión que domina a Aragorn y el malestar general entre los miembros. Las orillas contrastan drásticamente: al oeste, la vida aún persiste, mientras que el este, bajo la influencia de Mordor, es un páramo inhóspito. Este contraste subraya la amenaza latente que acompaña al grupo en su camino hacia el sur.

La pasividad de Aragorn ante la próxima decisión es frustrante. Su vacilación no solo afecta el ritmo del viaje, sino también la moral de la Comunidad. Como líder, aún no está a la altura de las circunstancias, lo que refuerza la dependencia del grupo en Gandalf, incluso en su ausencia. Esta falta de dirección no pasa desapercibida para los demás, y Boromir, en particular, comienza a exteriorizar su descontento y paranoia de manera más evidente.

La sombra de Gollum

La figura de Gollum sigue al grupo como un recordatorio de los peligros invisibles que acechan en cada rincón. Frodo y Sam lo han notado, pero no comparten esta información de inmediato, lo que genera un agujero narrativo difícil de ignorar. Cuando Aragorn finalmente admite que también sabía de su presencia desde Moria, queda claro que hay una desconexión preocupante dentro del grupo. La decisión de no compartir esta información es desconcertante, especialmente dada la naturaleza del viaje y los peligros que enfrentan.

Gollum, en este punto, no es más que un par de ojos brillantes y un movimiento en la oscuridad, pero su presencia presagia su rol central en los eventos por venir. Su sombra es un reflejo del peso del Anillo sobre Frodo, una amenaza que se hace más tangible con cada paso hacia el este.

El descenso de Boromir

Boromir, quien inicialmente se presentó como un guerrero noble y dedicado, se encuentra ahora al borde de sucumbir a la tentación del Anillo. Su comportamiento se vuelve errático y su lenguaje, cada vez más hostil. Las dudas y resentimientos que han crecido en su interior salen a la superficie, y su obsesión con el Anillo se hace evidente. La tensión entre él y Aragorn aumenta, insinuando el enfrentamiento que se avecina.

Es en este punto donde Boromir comienza a justificar su deseo por el Anillo con argumentos que, en su mente, son razonables. Estas justificaciones recuerdan inquietantemente la transformación de Gollum en los días en que reclamó el Anillo como suyo. La ambigüedad moral de Boromir lo convierte en un personaje fascinante, atrapado entre su deber y sus deseos.

Los peligros del camino

El viaje no está exento de acción. Los rápidos en el Anduin representan un desafío que casi pone fin al grupo, y aunque Aragorn logra guiar a la Comunidad a través de ellos, su falta de preparación es evidente. La tensión se eleva con la aparición de los orcos y un Nazgûl montado en una «bestia caída». Aunque Legolas derriba a la criatura en un acto de heroísmo que destaca su habilidad como arquero, la amenaza de los Espectros del Anillo no hace más que aumentar. La conexión entre Frodo y los Nazgûl, marcada por el dolor en su hombro herido, enfatiza la influencia maligna que todavía lo persigue.

Los Argonath: un recordatorio del pasado

El capítulo culmina con la llegada de la Comunidad a los Argonath, las imponentes estatuas que marcan la entrada al antiguo reino de Gondor. Estas figuras, majestuosas y desgastadas por el tiempo, simbolizan la grandeza perdida del reino y la herencia que Aragorn debe reclamar. La reacción de Aragorn ante los Argonath es reveladora: por un momento, se eleva como el rey que está destinado a ser, aunque aún lucha con las dudas que lo han perseguido durante todo el viaje.

La descripción de los Argonath es una de las más vívidas de Tolkien, llenando al lector con una mezcla de asombro y melancolía. Representan tanto la fuerza como la fragilidad de Gondor, un reino que aún resiste pero que necesita desesperadamente un líder.

Un capítulo cargado de simbolismo

El Gran Río es un capítulo que, aunque puede parecer menos relevante en comparación con los momentos de acción de la historia, establece de manera efectiva el tono para el clímax que se avecina. Los conflictos internos de la Comunidad, la amenaza de Gollum y los Nazgûl, y la indecisión de Aragorn contribuyen a una atmósfera de tensión creciente.

La narrativa episódica, que podría haberse alargado innecesariamente, se mantiene ágil gracias a la habilidad de Tolkien para equilibrar acción, descripción y desarrollo de personajes. El capítulo termina con una sensación de inminencia, preparando al lector para la inevitable ruptura de la Comunidad y las decisiones que cada miembro deberá tomar.

Con la elección entre el este y el oeste ahora al alcance, la Comunidad se enfrenta a su prueba más grande, una que determinará el destino de la misión y de sus propios corazones.

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