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La voz de Saruman (Las dos torres)

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Resumen

El grupo avanzó por el devastado Isengard, un paisaje de desolación marcado por barro, restos de piedra y los efectos de la furia de los ents. Orthanc se erguía imponente en el centro, su roca negra intacta pese al desastre circundante. A medida que se acercaban, Gandalf advirtió: «¡Nada de bromas! Este no es el momento. Saruman tiene poderes que ni siquiera sospecháis. ¡Cuidaos de su voz!».

Frente a la imponente torre, Gandalf golpeó la puerta con su vara, llamando con autoridad: «¡Saruman, sal!». Después de un breve silencio, apareció Gríma Lengua de Serpiente en una ventana superior, y Gandalf le ordenó con desprecio: «¡No nos hagas perder tiempo!». La ventana se cerró, y poco después surgió una nueva voz: suave, melodiosa, y cargada de un encanto que penetraba en los corazones de quienes la escuchaban.

Saruman se presentó en el balcón, su figura cubierta por una capa que cambiaba de color con cada movimiento, su mirada grave y benévola. Dirigió sus palabras al rey Théoden: «¿Por qué no has venido antes como amigo? Aún quisiera salvarte de la ruina que caerá inexorable sobre ti si no abandonas la senda que has tomado. Ahora, en verdad, solo yo puedo ayudarte». Théoden, al principio, parecía indeciso. Los jinetes murmuraron entre ellos, sintiendo que las palabras de Saruman ofrecían una puerta a la salvación. Gandalf permaneció inmóvil, como una roca ante la tormenta.

Fue Gimli quien rompió el hechizo, declarando: «En la lengua de Orthanc, ayuda es sinónimo de ruina, y salvación significa asesinato». Saruman, con voz menos suave, respondió despectivamente: «No me he dirigido a ti, Gimli hijo de Glóin». Luego, con su tono habitual, intentó seducir nuevamente a Théoden, proponiendo una alianza: «¿Quieres la paz conmigo y la ayuda que pueda brindarte mi sabiduría?».

Théoden, después de un esfuerzo visible, respondió con claridad: «Quiero paz, y la tendremos cuando tú y todas tus obras hayan perecido. Eres un embustero, Saruman, y un corruptor de corazones». La respuesta enfureció al mago, quien lanzó insultos: «¿Qué es la casa de Eorl sino un cobertizo hediondo donde se embriagan unos cuantos bandidos?». Sin embargo, su furia no logró quebrar la determinación del rey.

Saruman entonces volvió su atención a Gandalf, intentando un último esfuerzo. Con palabras cargadas de reproche y dulzura, le ofreció una alianza: «Olvidemos a esta gente inferior. Aún podríamos emprender juntos muchas cosas, curar los males que aquejan al mundo. ¿No quieres subir?». Por un momento, el hechizo pareció funcionar. Los presentes sintieron que los dos magos se entendían en un nivel superior, como si el destino de todos estuviera ahora fuera de su control.

Sin embargo, Gandalf rompió la ilusión con una risa poderosa. «¡Saruman, erraste tu oficio en la vida! Tenías que haber sido bufón de un rey». Luego, con severidad, ofreció una última oportunidad: «Puedes irte de Orthanc, en libertad, si lo deseas. Pero primero deja tu bastón y la llave de la torre». Saruman, dominado por el orgullo, rechazó la oferta, burlándose: «¡Un día! Sí, cuando también te apoderes de las Llaves de Barad-dûr y las varas de los Cinco Magos».

Gandalf, sin inmutarse, lo enfrentó: «¡Mírame! No soy Gandalf el Gris a quien tú traicionaste. Soy Gandalf el Blanco». Entonces, alzó la mano y proclamó: «Saruman, tu vara está rota». Al instante, la vara del mago se partió en dos, cayendo al suelo. Saruman retrocedió, gritando, y desapareció arrastrándose como un reptil.

En ese momento, un objeto brillante cayó desde lo alto: una esfera oscura con un corazón incandescente. Pippin lo cogió del suelo, pero Gandalf se lo arrebató de las manos y lo envolvió en los pliegues de su capa. El grupo se alejó de Orthanc mientras los ents, encabezados por Bárbol, prometieron vigilar la torre: «Hasta que pasen siete veces los años en que nos atormentó, no nos cansaremos de vigilarlo».

Saruman había sido derrotado, pero no eliminado. Gandalf reflexionó sobre el destino del mago: «Pobre loco. Será devorado si el poder del Este extiende sus brazos hasta Isengard». La confrontación había terminado, pero a Saruman le quedaba aún un papel que jugar en la historia.

Análisis del capítulo

Con este capítulo, Tolkien nos lleva al clímax del Libro Tres, ofreciendo una confrontación memorable que combina palabras con poder, una batalla de voluntades donde el ingenio y la manipulación toman el lugar de espadas y flechas. Tras la devastación de Isengard, lo que queda de Saruman no es tanto su fortaleza como su capacidad para tejer engaños y promesas con una voz que cautiva e hipnotiza. Es la única vez en toda la historia que el lector presencia a este villano principal en acción directa, lo que lo convierte en un momento esencial de la narrativa.

Desde el principio, Gandalf advierte sobre el peligro que aún representa el mago caído. Saruman no es una amenaza física, sino alguien capaz de influir y desviar la voluntad de otros con sus palabras. Mientras el grupo se aproxima a Orthanc, el entorno refuerza la sensación de ruina y decadencia: la desolación y el hedor son el legado de la ambición desmedida de Saruman. Théoden, sin embargo, se muestra preparado para enfrentar al mago que tanto daño ha causado a su pueblo. Su firmeza queda clara en sus palabras: “Soy viejo y no temo ningún peligro”. Estas no son bravuconadas, sino la aceptación de un hombre que ha perdido casi todo y que no se inclina ante la amenaza de un enemigo derrotado.

Cuando Saruman aparece, es su voz la que domina. Tolkien describe con detalle el efecto que tiene sobre quienes la escuchan: no son tanto las palabras, sino el tono y la melodía lo que hechiza. Los oyentes caen bajo un influjo casi mágico, sintiendo que cada palabra de Saruman es razonable y sabia, mientras todo lo demás parece vulgar o torpe en comparación. Pero no todos sucumben. Théoden, movido por su dolor y una renovada claridad de propósito, rechaza las palabras de Saruman con una firmeza que desarma al mago: “¡Aléjate de mí, Satanás!”. Saruman, furioso y derrotado, arremete verbalmente contra el rey de Rohan, dejando salir todo el veneno que guarda: describe a los rohirrim como bandidos y su tierra como una choza con techo de paja. Es un momento de humillación, que revela su impotencia ante un hombre que ya no puede ser manipulado.

La escena alcanza su punto más tenso cuando Saruman dirige sus palabras a Gandalf, intentando un último acto de persuasión. Sin embargo, Gandalf, ahora claramente superior, se burla de su oferta de alianza y le da su veredicto final: Saruman ha perdido su posición como líder de los magos y queda reducido a una sombra de lo que fue. Su bastón, símbolo de su autoridad y poder, es destruido con un gesto. Es un acto simbólico y definitivo que marca el fin de su influencia en el curso de la guerra.

El capítulo también introduce un elemento clave para el futuro: el Palantir. Cuando Lengua de Serpiente lanza la piedra desde la torre, su destino queda entrelazado con la siguiente etapa de la aventura. Gandalf, siempre astuto, ve en el acto de Grima un ejemplo de cómo el odio puede volverse en contra de quien lo ejerce. Aunque Lengua de Serpiente parece un personaje menor, su papel será decisivo más adelante, cuando las maquinaciones de Saruman alcancen su última etapa.

“La voz de Saruman” cierra el arco narrativo de Isengard y refuerza algunos de los temas centrales de Tolkien: la resistencia frente a la manipulación, el peso de las palabras y la importancia de la firmeza moral. Saruman, pese a su derrota, sigue siendo un personaje fascinante, un maestro del engaño que, incluso en su caída, demuestra el poder de su intelecto y su capacidad para manipular.

La escena, además de ser una de las grandes confrontaciones de la literatura fantástica, establece paralelismos con figuras históricas como Adolf Hitler, cuya retórica magnética llevó a muchos a cometer actos impensables. Tolkien nunca lo menciona directamente, pero las similitudes están ahí: un orador con el poder de influir y controlar a través de palabras, cuya ambición desmedida termina llevándolo a la ruina.

Este capítulo cierra la trama de Isengard con una sensación de victoria, pero también de advertencia. Saruman está derrotado, pero su capacidad para sembrar caos no ha desaparecido del todo. La confrontación con Gandalf y Théoden lo retrata como un poder disminuido, pero no irrelevante. Es una batalla de palabras, no de espadas, y eso la convierte en una de las escenas más memorables de El Señor de los Anillos.

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