
Leer el capítulo (pdf)
UNA-VENTANA-AL-OESTE-LAS-DOS-TORRESResumen
Sam se despertó sobresaltado al atardecer, sintiendo que apenas había dormido. Desde su escondite entre los helechos vio que Faramir había regresado con todos los hombres que quedaban de su partida. Se habían dispuesto en un amplio semicírculo sobre la ladera del bosque de Ithilien, y Frodo se hallaba de pie ante el capitán, en una escena que parecía el juicio de un prisionero. Sam se deslizó silenciosamente desde su refugio y se colocó al final de la formación, dispuesto a intervenir si su amo estaba en peligro.
Faramir interrogó a Frodo con cortesía, aunque sin dejar de observarlo con atención. Frodo respondía con prudencia, sin mentir pero evitando revelar el verdadero propósito de su viaje. Al preguntarle por Boromir, Frodo afirmó que había muerto por causa del enemigo. Faramir, al oír esto, inclinó la cabeza y su rostro se oscureció, pero no pidió más explicaciones. Terminada la conversación pública, Faramir anunció que llevaría a los hobbits a otro lugar. No les vendó los ojos de inmediato, pues primero emprendieron la marcha por los senderos ocultos del bosque, en dirección a su refugio.
Durante el trayecto, Faramir caminó junto a Frodo y le habló con mayor confianza. Le preguntó por Gandalf, por el grupo de la Compañía, y por qué viajaban solos por tierras tan peligrosas. Frodo, aunque cansado, respondió con sinceridad medida. Habló de la fractura de la Compañía y del ataque que les costó la vida a algunos. Cuando mencionó a Boromir, explicó que había muerto defendiéndolos contra muchos enemigos. Entonces, Sam intervino con torpeza, indignado por lo que percibía como presión sobre su amo. En su intervención, dejó escapar que Boromir había intentado apoderarse de cierto objeto.
Faramir se detuvo, pensativo. Había comprendido de inmediato de qué objeto hablaban. Pero tras guardar silencio, declaró con firmeza que no tomaría ese objeto, “ni aunque lo encontrara tirado en el camino”. Aseguró que no lo obligaría a entregarlo ni revelaría su presencia. Frodo se sintió aliviado, y Sam también. Faramir, demostrando nobleza de corazón, dijo que no era un ladrón y que su misión no consistía en sacar provecho del sufrimiento ajeno.
Más adelante, cuando se aproximaban a su destino, Faramir ordenó que vendaran los ojos a los hobbits. Era una medida necesaria para preservar el secreto del lugar. Guiados por hombres silenciosos, cruzaron senderos escarpados y estrechos, sintiendo la humedad creciente en el aire. Finalmente llegaron a una gruta tras una cascada de agua que descendía por la roca como un velo de plata. Cuando se retiraron las vendas, Sam vio con asombro la luz roja del sol poniente atravesar el agua. Estaban en Henneth Annûn, la Ventana del Sol Poniente, un escondite secreto de Gondor.
Allí, en una cámara oculta del refugio, los hobbits recibieron comida. Antes de cenar, todos los presentes se volvieron en silencio hacia el oeste. Faramir explicó que era una antigua costumbre de Númenor, aún mantenida por los fieles: mirar hacia las tierras perdidas y hacia la esperanza. Sam, emocionado, pensó que “la costumbre no ha de perderse mientras la gente la recuerde”.
Durante la comida, Faramir habló abiertamente de su país. Con tristeza, denunció la decadencia de Gondor: dijo que los reyes construían tumbas más espléndidas que las casas en que habitaban, y que en sus árboles genealógicos los nombres del pasado les eran más caros que los de sus propios hijos.
Influenciados por los Rohirrim, los hombres de Gondor habían aprendido a amar la guerra como un fin en sí mismo, aunque aún se esperaba del guerrero inteligencia y sabiduría.
La conversación derivó hacia los Elfos y la Dama Galadriel. Sam, emocionado, la describió con palabras sencillas pero sentidas: era hermosa y poderosa a parte iguales. Faramir, pese a los rumores que circulaban en el sur sobre Lothlórien, mostró respeto y dijo que desearía verla algún día.
En este momento Sam cometió un desliz: reveló, sin querer, que Boromir había intentado apoderarse del Anillo. El silencio cayó sobre la sala.
Frodo, agotado y sintiendo que ya no podía ocultar la verdad, confesó que su misión lo llevaba a Mordor. Faramir, sorprendido por su valor y la magnitud de su empresa, reafirmó que no lo detendría. Le aseguró que no revelaría su presencia, y que podía contar con él como aliado.
En ese momento, Frodo, agotado por el peso de su carga, se desplomó, y Faramir lo sostuvo y lo tendió con cuidado.
Análisis del capítulo
1. Escena de apertura: el “juicio” en el claro
El capítulo arranca con un cambio brusco de punto de vista: Sam despierta sobresaltado y descubre a Frodo, erguido ante un semicículo de soldados gondorianos, mientras Faramir —rostro severo, inteligencia viva— lo interroga. La disposición recuerda a un tribunal improvisado: Frodo ocupa el banquillo, Sam es el oyente furtivo y Faramir, el juez-fiscal.
Tolkien reproduce la tensión del Concilio de Elrond, pero en miniatura: de nuevo se debate la legitimidad de reyes y herencias; de nuevo el Anillo late bajo la superficie. El recurso produce dos efectos: expone velozmente las dudas de Faramir y, sobre todo, permite contrastar la recta autoridad (Faramir) con la autoridad frustrada (Boromir, ausente pero omnipresente).
Sam representa la conciencia del lector. Su sigilo es el nuestro: observa, sopesa, y, cuando rompe a hablar, articula lo que muchos lectores piensan (“¿adónde quiere llegar, Capitán?”). Más adelante su desliz revelará el secreto del Anillo.
2. Interrogatorio y revelación negativa
Faramir formula tres preguntas núcleo:
- ¿Cuál era la misión de la Compañía?
- ¿Por qué Frodo viaja sin Boromir?
- ¿Qué es el “Daño de Isildur”?
Frodo responde con evasivas nobles —no miente, pero oculta. La estrategia recuerda la de Aragorn en Bree (Libro I): revelar sólo lo que el oyente necesita saber para obrar bien. Tolkien muestra aquí cómo la veracidad no siempre es transparencia: Frodo defiende el secreto porque proteger el Anillo es proteger la misión.
El mismo Faramir se lo reconoce momentos después: «—No te estoy acusando —dijo Faramir—. Hablaste con habilidad, en una contingencia difícil, y con sabiduría, me pareció.»
La profecía sobre la que Faramir insiste («Pero era a la llegada del Mediano cuando tenía que despertar el Daño de Isildur») funciona como puente narrartivo entre la macrohistoria de Númenor y la microhistoria de los hobbits: entre las gestas legendarias de reinos poderosos y la humilde travesía de un hobbit silencioso.
Además, es la primera vez que un hombre de Gondor revela que su tradición incluye a los hobbits como parte del destino del mundo.
La noticia de la muerte de Boromir abre una herida doble. Para Frodo, el recuerdo de Boromir despierta culpa y temor, al pensar que si Boromir ha caído, también lo hizo el resto de la Compañía; mientras que para Faramir es una herida abierta, teñida de pena y desconfianza al no saber realmente qué le ocurrió a su hermano.
El cuerno partido de Boromir, hallado en dos mitades por el río, es un poderoso símbolo: físico y realista (los fragmentos recuperados), pero también mítico y poético (como la visión de la barca funeraria). Esta combinación entre lo tangible y lo simbólico recuerda a los relatos artúricos, en los que el héroe parte hacia el mar, hacia el más allá.
Así, Tolkien otorga a Boromir un final digno y heroico, enmarcado en tradiciones como Beowulf o Finnsburg, donde la fraternidad, el valor y la muerte noble son centrales.
3. Camino a Henneth Annûn
Aceptada la neutralidad provisional de Frodo, Faramir decide trasladar a los hobbits a su guarida secreta. El desplazamiento, con los ojos vendados, utiliza de nuevo un motivo ya conocido: la travesía a ciegas por Lothlórien. Tolkien enseña así que la confianza implica a veces someter la voluntad (la vista) a la cortesía del anfitrión.
Durante el trayecto, el tono del relato cambia. La tensión militar se disipa, y emerge un diálogo privado entre Faramir y Frodo que gana en intimidad intelectual.
Aquí Faramir demuestra su conocimiento y sabiduría: cita archivos, comenta linajes, recuerda a Mithrandir. A diferencia de Boromir, cuyo rasgo dominante era la voluntad, Faramir se define por la contemplación y la prudencia (virtudes clásicas del senescal).
Dentro de esta conversación aparecen temas de fondo que van más allá del presente inmediato. Uno de ellos es el de la sucesión legítima. Faramir menciona un recuerdo de la infancia inocente donde Boromir pregunta a Denethor:
“¿Cuántos centenares de años han de pasar para que un senescal se convierta en rey, si el rey no regresa?”, preguntaba. “Pocos años, tal vez, en casas de menor realeza”, le respondía mi padre. “En Gondor no bastarían diez mil años.”
Unas pocas palabras que dicen mucho sobre los profundos anhelos de Boromir, la grandeza de Gondor y un senescal que a pesar de sus reticencias, guarda un profundo respeto por el trono.
4. La “Ventana del Sol Poniente”
La llegada a Henneth Annûn une geografía y trascendencia. La cavidad tras la cascada es, literalmente, una hermosa ventana abierta al Oeste; que al recibir el último rayo del día, filtrado por la cortina de agua, estalla en gemas de luz.
El breve rito de girarse al occidente antes de cenar introduce —casi de soslayo— la práctica religiosa de Gondor: memoria de Númenor, de la que Gondor desciende, nostalgia de Valinor, reconocimiento implícito de los Valar. Es, quizá, la escena litúrgica más nítida de toda la novela.
A diferencia de otras culturas o pueblos de la Tierra Media, aquí vemos a hombres que practican una especie de devoción civilizadora. El alma de Occidente como patria espiritual aún sobrevive en el gesto ritual de unos pocos hombres fieles.
La comida que sigue (queso rojo, pan con mantequilla y vino fragante) sustituye las escasas y repetitivas lembas élficas. Productos del cultivo, de la domesticación del entorno, de una cultura humana que ha sabido conservar el arte de vivir incluso bajo la amenaza de Mordor.
La mesa de Faramir —aunque austera— es símbolo de hospitalidad, de una humanidad que resiste en los márgenes y que no ha sido corrompida por la guerra ni por la desesperanza.
Tolkien evoca con ello la antigua xenia griega: la obligación moral de tratar bien a los huéspedes, la hospitalidad como virtud sagrada.
Que la escena transcurra sólo a la luz del fuego de las antorchas nos recuerda que Faramir y sus hombres son furtivos en sus propias tierras.
5. Conversación de sobremesa
En la mesa apartada, Faramir despliega su visión de la historia de Gondor y de la alianza con Rohan.
Es aquí donde Faramir pronuncia su famosa frase, que condensa la doctrina bélica de Tolkien: la guerra es defensiva; los héroes valen por lo que protegen, no por el hecho (o el placer) de matar. Entre líneas, resuenan las vivencias de la Gran Guerra y la crítica al belicismo romántico.
«Guerra ha de haber mientras tengamos que defendernos de la maldad de un poder destructor que nos devoraría a todos; pero yo no amo la espada porque tiene filo, ni la flecha porque vuela, ni al guerrero porque ha ganado la gloria. Sólo amo lo que ellos defienden: la ciudad de los Hombres de Númenor;»
Se perfila el declive de Gondor. Faramir, lúcido y crítico, reconoce síntomas de decadencia en su propio pueblo: la obsesión por los enterramientos grandiosos, el orgullo de una genealogía que ha perdido su función práctica y la transformación de la guerra en un fin en sí mismo, más que en un medio de protección.
«[…] fue Gondor la que provocó su propia decadencia, hundiéndose poco a poco en la extravagancia, convencida de que el Enemigo dormía, cuando en realidad estaba replegado, no destruido. La muerte siempre estaba presente, porque los Númenóreanos, como lo hicieran en su antiguo reino, que así habían perdido, ambicionaban aún una vida eternamente inmutable. Los reyes construían tumbas más espléndidas que las casas en que habitaban, y en sus árboles genealógicos los nombres del pasado les eran más caros que los de sus propios hijos. Señores sin descendencia holgazaneaban en antiguos castillos sin otro pensamiento que la heráldica; en cámaras secretas los ancianos decrépitos preparaban elixires poderosos, o en torres altas y frías interrogaban a las estrellas. Y el último rey de la dinastía de Anárion no tenía heredero.»
6. La tentación y la prueba del Anillo
La tensión se condensa cuando Sam, traicionado por un impulso, revela que Boromir codició el Anillo. Se produce un instante de peligro: ¿se repetirá la historia? Pero Faramir responde con una negativa tajante:
«Yo no me apoderaría de esa cosa ni aun cuando la encontrase tirada en la orilla del camino. Ni aunque Minas Tirith cayera en ruinas, y sólo yo pudiera salvarla, así, utilizando el arma del Señor Oscuro para bien de la ciudad, y para mi gloria. No, no deseo semejantes triunfos, Frodo hijo de Drogo.»
Esa resistencia se apoya en tres pilares:
- El primero, el conocimiento: Faramir ha estudiado la historia de edades pasadas y reconoce el Daño de Isildur como un peligro indomable, no como instrumento que pueda permitirse utilizar.
- El segundo, una ética heredada: representa la línea númenóreana que no busca el dominio ni la inmortalidad, sino la esperanza más allá de la muerte.
- El tercero, la herida: la muerte de Boromir opera como advertencia y expiación. La pérdida ha producido en él una lucidez que su hermano no alcanzó.
El juramento de Faramir es absoluto: no tocará el Anillo ni para salvar Minas Tirith. En él, Tolkien condensa su tesis moral: el poder corrompe; y el poder absoluto corrompe absolutamente. El bien no puede obtenerse por medios oscuros.
7. Confesión y acogida
La confesión final de Frodo —cansado, vulnerable— produce una de las imágenes más tiernas de todo el Libro Cuarto: el capitán recoge al hobbit exhausto y lo arropa sin más palabras. El hombre grande sirviendo al pequeño.
Nada cambia en el tablero de la guerra, pero algo esencial se transforma: un enemigo potencial se convierte en aliado. En medio de la sombra, Tolkien introduce una chispa de gracia: la bondad aún brota en estos tiempos funestos.
El cuidado de un capitán hacia un portador diminuto anticipa la escena, mucho más cruda, de Sam cargando a Frodo en las laderas del Orodruin: el poderoso sostiene al débil para que la misión continúe.


