Saltar al contenido

La palantír (Las dos torres)

Leer el capítulo (pdf)

Resumen

El sol se había ocultado tras las montañas cuando Gandalf y sus compañeros partieron de Isengard junto al rey Théoden y sus jinetes. Merry montaba con Gandalf, y Pippin con Aragorn. Dos hombres se adelantaron al galope hacia el Abismo de Helm para anunciar el regreso del rey, mientras los demás avanzaban a paso lento. Los ents se alineaban como estatuas al pie de la puerta, y cuando los hobbits miraron atrás, vieron a Bárbol en pie, solitario como la cepa de un árbol lejano, mientras las sombras crecían sobre las ruinas grises de Isengard.

Pasaron junto a la columna de la Mano Blanca. Aunque la columna seguía en pie, la mano esculpida estaba destruida, y en el centro del camino yacía el índice, blanco en el crepúsculo, con la uña roja que se ennegrecía lentamente. “¡Los ents no descuidan ningún detalle!”, observó Gandalf.

Avanzaron por el valle hasta que la noche cayó por completo. Merry, cansado, preguntó si cabalgarían toda la noche. Gandalf, divertido por la insistencia del hobbit, respondió que aún avanzarían unas horas más antes de acampar, pues al día siguiente necesitarían cabalgar con mayor urgencia. Los planes habían cambiado: no irían directamente a Edoras, sino que tomarían un camino más cauteloso para evitar las miradas de Mordor. “El ojo de Barad-dûr ha de estar escudriñando con impaciencia el Valle del Mago”, dijo.

La noche estaba despejada y fría. La luna, casi llena, iluminaba el camino. Cabalgaron hasta un valle cubierto de zarzales al pie del Dol Baran, donde finalmente acamparon. Encendieron una hoguera junto a un viejo espino y se organizaron turnos de guardia. Los hobbits se acostaron sobre helechos. Merry tenía sueño, pero Pippin se revolvía inquieto.

Pippin confesó su incomodidad y su creciente curiosidad por la bola de vidrio que Gandalf había recogido: “Me gustaría echarle una ojeada a esa bola”, murmuró. Merry le recordó el consejo de Gildor: “No te entremetas en asuntos de magos, que son gente astuta e irascible”. Pero Pippin no podía sacarse de la cabeza la esfera. En medio del silencio, recordó el peso y los abismos rojos que había entrevisto. Por fin, se levantó, se acercó sigilosamente al lugar donde dormía Gandalf y, con mucho cuidado, reemplazó la esfera envuelta por una piedra similar. Se alejó y, oculto, desenvolvió la esfera.

La miró y una llama tenue comenzó a brillar en su interior. Pippin no pudo apartar la vista. La esfera se volvió incandescente, y pronto cayó bajo su influjo: se quedó rígido, luego gritó y cayó de espaldas, inmóvil. El campamento entero despertó. Gandalf cubrió la piedra con su capa y se arrodilló junto a Pippin. El hobbit, al despertar, gritó con una voz aguda y carente de tono: “¡No es para ti, Saruman! Mandaré a alguien para que me lo traiga en seguida”. Gandalf lo sujetó con firmeza, lo llamó por su nombre y lo calmó. “¡Peregrin Tuk! Vuelve”.

Pippin confesó que había mirado el globo y que una figura oscura lo había interrogado. “Me preguntó: ‘¿Quién eres?’ y al fin dije: ‘Un hobbit’… me sentí como si me estuvieran acuchillando… y me ordenó: ‘Dile a Saruman que este manjar no es para él. Mandaré a alguien para que me lo traiga’”.

Gandalf examinó al hobbit con la mirada. “Eres un tonto, pero un tonto honesto, Peregrin Tuk. Otros más sabios hubieran salido mucho peor”. Luego añadió: “Te has salvado, tú y todos tus amigos, ayudado por la buena suerte… No podrás contar con ella una segunda vez”.

El mago confió la piedra a Aragorn, quien reclamó su derecho sobre ella: “Este es sin duda el palantir de Orthanc del tesoro de Elendil… La llevaré”. Gandalf se la entregó, pero le advirtió: “No la utilices… por el momento. ¡Ten cuidado!”

Gandalf dedujo que Sauron pensaba que el hobbit estaba en Orthanc como prisionero de Saruman. Eso les daría una breve ventaja: “Aprovecharemos este respiro”. Decidió partir en ese mismo instante con Pippin hacia Edoras, lejos del alcance de Mordor.

En ese momento, una sombra cruzó la luna: un Nazgûl alado, mensajero de Mordor. “¡Partid, partid! ¡No aguardéis hasta el alba!”, gritó Gandalf. Subió a Sombragris con Pippin envuelto en una manta y desapareció en la noche.

Mientras cabalgaban, el miedo se iba disipando en el corazón del hobbit. Gandalf explicó que Sombragris no necesitaba silla ni riendas. “Es Sombragris quien acepta llevarlo a uno… o no”. Pippin preguntó por la canción que Gandalf murmuraba: “Siete estrellas y siete piedras y un árbol blanco”. Gandalf explicó que hablaba de los Palantiri, piedras élficas hechas por Fëanor, traídas de Eldamar. “El nombre significa lo que mira a lo lejos”.

El palantir de Orthanc era una de esas piedras. Sauron había encontrado otra, seguramente la de Minas Ithil. Saruman, al buscar más poder, había quedado atrapado: “El halcón dominado por el águila, la araña aprisionada en una tela de acero”.

Pippin lamentó no haber sabido todo eso antes. Gandalf respondió: “Oh, sí que la tenías. Sabías que estabas actuando mal y estúpidamente; y te lo decías a ti mismo, pero no te escuchaste”.

Cuando Pippin preguntó por el Nazgûl, Gandalf confirmó que “era un Jinete Negro alado… y hubiera podido llevarte a la Torre Oscura”. Saruman, seguramente, había delatado pensamientos a través del palantir, y Sauron había enviado un mensajero para comprobarlo. Pero al no hallar prisioneros ni piedra, Saruman aparecería como un rebelde, y se vería atrapado por su propia traición.

Gandalf no sabía si Sauron llegaría a descubrir que Aragorn también había estado allí. “Así pues, no hemos huido para alejarnos de un peligro sino para correr en busca de otro mucho mayor”.

A lo lejos, Gandalf señaló el Valle del Bajo. “Allí volveremos a tomar el camino del este… dentro de poco habremos llegado”. Pippin preguntó: “¿A dónde vas ahora?”. Gandalf respondió con gravedad: “A Minas Tirith, antes de que la cerquen los mares de la guerra”.

Y cuando el hobbit volvió a acurrucarse, Gandalf susurró al corcel: “¡De prisa, Sombragris! Tu ligereza es nuestra esperanza”. El caballo voló por la noche, y Pippin, al fin, se durmió con la extraña sensación de cabalgar inmóvil sobre un mundo que huía debajo con el rugido del viento.

Análisis del capítulo

Coda de una guerra, prólogo de otra

Tras la caída simbólica de Saruman y el cierre del ciclo de Isengard, Tolkien añade este capítulo como un epílogo inquietante y una bisagra narrativa: lo que parecía haberse resuelto se transforma en un nuevo comienzo. El capítulo es breve, pero fundamental: actúa como una transición desde la guerra en Rohan hacia el inminente conflicto en Gondor. En él, se plantea una de las ideas centrales de El Señor de los Anillos: el deseo de conocimiento puede ser tan corruptor como el ansia de poder.

El anzuelo del deseo: Pippin y el poder oculto

Desde las primeras líneas, se percibe en Pippin una inquietud inusual. Ya no es solo el hobbit curioso y despreocupado: está “medio atraído contra su voluntad” hacia el palantír. El lector detecta en su comportamiento una ansiedad que recuerda, de forma deliberada, a otras corrupciones anteriores: Bilbo con el Anillo, Boromir con su obsesión por el poder. Tolkien vuelve a mostrarnos cómo incluso los objetos mágicos no malvados per se (como el palantír) pueden ejercer una seducción destructiva sobre los más vulnerables.

Pippin actúa como un adicto. Su deseo de mirar “la piedra” lo domina, y cuando finalmente la toma, lo hace en secreto, en la oscuridad, sin testigos: como si ya supiera que está cometiendo un acto temerario. Y sin embargo, lo hace. Este impulso no es racional: “sabía que era algo bastante tonto, si no francamente peligroso”, pero no puede evitarlo. La escena de su contacto con el palantír es una de las más terroríficas del libro: lucha, se queda rígido, sufre, se desploma. Vemos el contacto directo con Sauron, una presencia brutal e invisible que se manifiesta a través del dolor y el miedo. “Sus labios se movieron sin sonido durante un rato. Luego, con un grito ahogado, cayó hacia atrás y quedó inmóvil”.

La confrontación directa con el Mal

Lo que Pippin ha hecho no es menor. Se ha enfrentado, aunque sin quererlo, a Sauron. Ha sobrevivido a ese encuentro por pura suerte… o por la resiliencia inherente a los hobbits. Solo él y un personaje más (que enfrentará a Sauron “fuera de escena”) lo harán directamente en todo el relato. Este momento representa un punto de inflexión para Pippin: a partir de aquí, su carácter cambiará. El joven imprudente comienza a transformarse en alguien con mayor peso, más sobrio, más comprometido. Es el resultado de haber rozado el fuego.

Gandalf, tras la conmoción, muestra dos caras. Primero, la del mago severo: “¡El diablillo! ¿Qué travesura ha hecho, a sí mismo y a todos nosotros?”. Pero luego, la del mentor compasivo: “Te perdono. ¡Consuélate! Las cosas no han salido tan mal como podrían haber salido”. Este gesto lo humaniza, y a la vez prepara el terreno para la separación de caminos.

El rol de los objetos mágicos: corrupción, visión, voluntad

El palantír es un objeto de visión, pero también de exposición. Saruman cayó en parte por usarlo: “¿cómo mantenía Saruman comunicación con Sauron?”, se pregunta Gandalf al principio del capítulo. La respuesta es inquietante: fue por medio de la piedra. La misma que ahora ha llamado a Pippin, ejerciendo sobre él un tipo de atracción no muy distinta de la del Anillo. En Tolkien, los objetos mágicos tienen un poder que excede su función: reflejan el alma de quien los usa. Así, la piedra de ver se convierte en un espejo oscuro: lo que Pippin encuentra en ella no es conocimiento, sino horror.

Tolkien explora aquí uno de los temas más clásicos de la literatura fantástica: el peligro de buscar saber más de lo debido. Pippin se quema por tocar lo prohibido. Saruman cayó por buscar conocimiento prohibido. Sauron es el símbolo absoluto de esa corrupción: “un ser totalmente corrompido por haber deseado lo que le estaba vedado”.

Aragorn y el paso simbólico del liderazgo

Tras el incidente, Gandalf no usa el palantír. Se lo entrega a Aragorn en una escena cargada de simbolismo: “Recíbelo, señor”. El mago se inclina ante el heredero de Isildur, reconociendo que ahora la responsabilidad pasa a él. Este es otro momento de coronación simbólica para Aragorn, como lo fue el reencuentro con Andúril. El palantír, creado para los reyes de Gondor, vuelve ahora a manos de su legítimo heredero. La historia avanza hacia el trono.

El tiempo y la estrategia: la guerra de los días

Tolkien introduce un concepto importante: la guerra no solo se libra en el campo de batalla, sino también en los márgenes, en los errores, en los impulsos. Lo que ha hecho Pippin puede parecer una torpeza, pero ha tenido un efecto estratégico positivo: Sauron ha interpretado mal la información. Ha visto a un hobbit, pero no sabe dónde está el Anillo. Creyó que el enemigo era Saruman, y ahora piensa que este le ha arrebatado algo valioso. Ha desviado su atención de Frodo. Pippin ha salvado, sin quererlo, varios días preciosos. En una guerra como esta, esos días son vitales.

Despedidas, nuevos caminos

Gandalf parte con Pippin hacia Minas Tirith. La ruptura del grupo es inminente. Merry y Pippin, inseparables hasta ahora, se dividen. Los hobbits, siempre juntos, comienzan a tener sus propias trayectorias, maduran, se individualizan. Lo que viene no será más una aventura compartida, sino pruebas personales.

El capítulo termina con una imagen poderosa:

Mientras se iba durmiendo lentamente, Pippin tuvo una impresión extraña: él y Gandalf, inmóviles como piedras, montaban la estatua de un caballo al galope, en tanto el mundo huía debajo con un rugido de viento.

Es una visión casi mitológica del destino que se los lleva, de un viaje del que ya no pueden bajarse. No hay vuelta atrás. La historia ha comenzado su descenso hacia la oscuridad.

Sigue leyendo

Configuración